viernes, 19 de junio de 2009

SIMPLEMENTE ROSE...


Paseando por youtube me encontré con algunos cortometrajes anime muy interesantes, pero hubo uno que llamó especialmente mi atención: “El monstruo sin nombre”. Este corto con una animación sencilla y una historia entretenida y profunda me dio mucho en que pensar.


Todos los seres vivientes pasamos nuestra vida en una búsqueda constante de algo, algunas veces de aquello que es vital para sobrevivir como el alimento; o eso que, aunque no podamos explicar, es indispensable para cada uno como si se tratase del oxigeno que respiramos.


Lo indispensable para el monstruo sin nombre era justo eso: conseguir un nombre, y en ese afán por conseguirlo se divide en dos, lo cual en mi opinión simboliza la dualidad del ser humano que constantemente se enfrenta hasta el punto de llevarnos al constante choque del yo con el yo mismo, y de fraccionar nuestra razón y nuestros sentimientos.


Con un dibujo sencillo, caricaturesco, con un mundo de arboles sin follaje; en un mundo sombrío y solitario de tonos fríos, azules, verdes y grises, la luz solo aparece para el monstruo cuando encuentra la compañía de otros seres, cuando ingresa a la aldea. Es justo allí, donde en medio de la tenue calidez de unos sutiles amarillos y rojos encuentra alguien dispuesto a darle su nombre, pero solo por representarle esto una ganancia a nivel personal, por tanto no es un gesto desinteresado de solidaridad con el prójimo, no es un gesto de desprendimiento, sino por el contrario es la forma capitalista de venderse al mejor postor.


De cualquier forma, al fin alcanzamos nuestro sueño, conseguimos hallar lo que buscábamos; pero para el hombre, por lo general, esto no es suficiente. Las ansias de poder, de ser el más fuerte, la avaricia, y otros antivalores que se presentan como deseos que solemos disfrazar como necesidades e inconformismos nos llevan a recaer en actitudes nocivas, e incluso, autodestructivas que no nos permiten valorar lo que tenemos a nuestro alcance. Es justo eso lo que la mitad del monstruo que viajo al oeste dice: “No necesitas un nombre, puedes ser feliz sin uno”. Por otra parte el contener nuestras emociones por mucho tiempo, el tratar de negar lo que somos no puede conducirnos de ninguna forma a un buen fin, pues siempre esos rasgos de nuestra personalidad tratarán de imponerse.


Es allí donde vuelve a aflorar esa lucha de las dos partes, acabando solo una vencedora que será la que logre imponerse, aunque no siempre, al conseguir lo que buscábamos, obtendremos los mejores resultados: “Aunque por fin había conseguido un nombre, no quedaba nadie que lo pudiera llamar por su nombre, aun siendo Johan un nombre tan bonito”. ¿De qué le servía al monstruo haber conseguido el tan anhelado nombre si ahora volvía a la sombría noche solitaria en medio del bosque? Estaba solo, sin nadie a su lado para llamarle.


Por otra parte ¿Quién no comprendería el afán del monstruo por tener un nombre? Tener un nombre es reflejo de nuestra identidad: yo soy yo, y ese yo es llamado de una forma cuando escucho mi nombre, aunque parezca que son solo letras que unidas al azar forman una simple palabra, me imagino a mí misma, pinto un retrato en el cual entran todas esas habilidades y actitudes propias de mi ser, aquellas que todos ven y las que no logran ver, las que solo soy yo, las que me hacen de alguna forma única.


Mi nombre suena a regaño en boca de mi madre cuando se enoja, suena a ternura en boca de mi abuelo al saludarme, suena a admiración en boca de mis amigos, suena a triunfo en un certamen ganado, suena a canción en la guitarra de mi padre, suena a amor en los labios de un enamorado…pero siempre suena a mí.


Mi nombre, que es útil para separarme de esa masa que se deforma y confunde en una calle cartagenera, firma mis producciones, me dice que son mías, que soy yo: Rose Mary, que por errores de inscripción ahora sea Rosemary, igual soy yo, simplemente Rose, sin más definición, sin necesitar más nada, porque aunque existan mil personas más con ese nombre me recuerda lo que soy, y lo que no soy, me identifica, me hace sentir parte de algo y al mismo tiempo con una identidad única y preciosa.


LYZ M. LASCKAR