domingo, 1 de agosto de 2010

UN LUGAR PARA SOÑAR...









Solía pasar horas en aquel improvisado refugio en el que Alice venía de visita inspirando cada frase que más tarde se convertiría en historias, ilustraciones o una canción. Su olor a madera y rosas secas era embriagante y al tiempo mágico. Me llenaba de paz mientras escuchaba en silencio mis oraciones y calmaba mis lágrimas. Nunca le di un nombre, pero nuestra relación era tan íntima y profunda, que le consideraré siempre mi primer amigo.










Recuerdo el día en que lo vi por primera vez, había salido de paseo con mi familia y allí estaba él, su forma rectangular y firme, su color caramelo, aquel delicado tallado en la parte frontal… me pareció perfecto.







- ¿Te gusta?- preguntó mi papá al ver la expresión en mi rostro.




- ¡Sí!- contesté con una gran sonrisa.







Una semana después, al llegar del colegio, me sorprendió hallarle en mi habitación. Encontrarle allí me hizo sentir adulta aunque solo tuviese nueve años.







- Ahora tienes un lugar donde hacer las tareas y dejar tus papeles.- dijo mi papá.




- ¡Ya no hay excusas para tener regados tus papeles por toda la casa!- sonrió mamá.




- ¡Mi propio escritorio!- dije para mí como exaltando una gran victoria.







Tenía poco más de un metro de alto, unos 70 centímetros de ancho y metro y medio de largo. Estaba hecho en roble, contaba con dos gavetas del lado derecho, la superior un poco más pequeña que la inferior, ambas con cerradura, y tenía un espacio para colocar la silla que ocupaba las dos terceras partes inferiores, sin embargo, esto solo se notaba al sentarse frente a él, pues del lado contrario una lamina de madera hacía que pareciera completamente cerrado, lo cual lo hacía un escondite perfecto.







Ubicamos mi escritorio frente a mi ventana y de inmediato coloqué sobre el algunos peluches miniatura y un portalápices rosa, hojas, muchísimas hojas y mi caja de colores. En la gaveta superior guardé los cuadernos y los libros del colegio, y entregué copia de la llave a mi mamá, y luego, ya a solas, guarde con sumo cuidado en la gaveta inferior las libretas donde escribía por horas sobre todo y nada, las cintas con mis canciones favoritas, las flores que alguien me había regalado, algunos poemas que no leía a nadie, un viejo libro de José Asunción Silva y todo aquello que no deseaba que nadie encontrara…


Fui creciendo mientras mi amigo envejecía. Pasaba mucho tiempo recostada sobre su firme superficie, buscando figuras en el cielo mientras esperaba la visita de Alice, en especial, cuando ella y yo peleábamos por su estilo, ya que mi musa parecía querer una cosa y yo otra en esa época. No obstante, fueron más las horas que pasé refugiada bajo mi escritorio. Me escondía allí cuando quería estar sola, cuando quería pensar o llorar, leer detenidamente algún texto o hablar con alguna persona por teléfono en secreto… El era mi cómplice y amigo, mi confidente, y siendo sinceros, prefería su compañía a la de otros niños.


Cuando Alice traía a mí una idea grandiosa era mi escritorio quien servía de apoyo para darle forma, sobre él nunca hizo falta un bolígrafo o un lápiz, y mucho menos, una hoja en la que poder plasmar aquellas ocurrencias y sentimientos. Junto a él encontraba la fuerza que necesitaba para recrear mi mundo al compás de una canción. Fueron gratos momentos…


Pero, finalmente, nuestra relación se fue acabando, tal vez porque al cambiarnos de casa ya no tenía suficiente espacio para él, así que mi mamá lo ocupó en otras cosas, o quizás, porque para mí aquel custodio de mis secretos ya no era adecuado, en realidad no lo sé. Día a día se fue deteriorando, quedando en el olvido, y aunque en algunas ocasiones quise rescatarlo, no fue posible, debía abandonarlo a su suerte en otra habitación donde su olor a flores se perdió con el devenir del tiempo y los secretos, ahora ocultos en otro lugar, se cambiaron por cosas que ya nadie necesitaba.


Mas aquel amigo que me apoyó tantas veces siempre estará en mis recuerdos, igual que en casa persisten regados mis papeles, ya que, aún ahora, me cuesta encontrar un lugar en el que Alice y yo congeniemos tan fácilmente como lo hacíamos en su refugio.






LYZ M. LASCKA
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