martes, 28 de septiembre de 2010

“EL HASTA SIEMPRE DEL HADA Y LA SIRENA”


El profesor intentó sugestionarnos hablando de arañas, antes de que colocara mi mano dentro de la bolsa negra. Se suponía que debía intentar palpar algún objeto desconocido y hablar más tarde de ello. Sentí algo de desconfianza. No sabía si tal vez fuese del tipo bromista. En ese caso, en serio podría haber en la bolsa uno de esos lagartos de plástico a los que les tengo tanto asco, aunque no sé por qué. Pero, con sólo rozar con mis dedos la tira de papel propalcote dentro la bolsa, mi mente voló varios años atrás y sentí una inmensa melancolía.

Ella me miró con tristeza.

- ¡Cuídate mucho! – le dije sonriendo.

- Rose…- susurró tristemente mi nombre apretando con fuerza mis manos.

En ese momento pensé en lo bueno que hubiese sido tener dinero de sobra y poder disponer de él a mi antojo para decirle “quédate”. Era irónico, la primera vez en la vida que tenía una amiga sincera, alguien a quien contarle absolutamente todo, y ella debía irse tan lejos. Entonces, la miré y supuse que las cosas serían aún peor. En algunos meses yo estaría tan ocupada que no tendría tiempo para escribirle. Ella estaría distraída tratando de adaptarse a ese nuevo lugar, y tal vez antes de lo que esperábamos, comenzaríamos a distanciarnos. Y así, finalmente, terminaríamos por ser dos completas extrañas.

- ¿En qué piensas? – preguntó al notarme distraída.

- En nada… - sonreí una vez más.

- ¡Mira! – sacó del bolsillo delantero de su jardinera un pedazo de papel brillante.

En ese momento reparé en el papel que ella acababa de entregarme. Parecía un pequeño tiquete con un doblez en el centro, bien marcado de tanto apretarlo. Rectangular, de unos 15 centímetros de largo y unos 5 de alto. Impreso a full tintas, con colores fucsia, verde, azul y amarillo, ostentaba un sonriente muñeco de palitos que anunciaba con letras negras, bordeadas en estrellas y flores, las nuevas promociones de la aerolínea para casos como el de ella: una niña de 16 años que debía ir a vivir con su padre a otro país, ante la inminente muerte de su madre.

- Está lindo, no? – Me arrebató el papel.

Eli y yo nos conocíamos desde hacía muy poco tiempo. Pero esos 3 meses, habían sido una experiencia que marcaría mi vida para siempre. Solíamos pasar las tardes estudiando juntas, yo le ayudaba a practicar ingles y ella, bueno, ella simplemente me oía hablar de mis bacterias aunque nada de eso pareciese tener sentido. El resto del tiempo lo gastábamos dibujando y escribiendo sobre hadas y sirenas. Finalmente, tiradas en el suelo de mi habitación, observábamos las mariposas rosas, lila y aguamarina, que yo había pintado en el techo.

- Tal vez tú puedes mudarte a Estados Unidos cuando termines tu carrera.

- Tal vez… - reíamos juntas…

La voz monótona y fría anunció que los pasajeros de su vuelo debían pasar a otra sala. Nos abrazamos con tristeza, pero ninguna de las dos lloró, eso hubiese sido como dar todo por perdido. Ella se marchó vestida de rosa, su color favorito, con su cabello, negro de largos rizos, suelto y lleno de florecillas de colores. Abrazando un gran oso de peluche marrón. Su tía nos miró y lo único que preguntó fue por qué llevábamos el mismo peinado y habíamos vestido casi igual. Yo respondí que no sabía. En serio no lo sabía…

Esta tarde gris y lluviosa le he estado dando vueltas a ese asunto. Me han dado ganas de tomar mi libreta de dibujos y tratar de pintar una de esas hadas, o tal vez una sirena. De pronto recordé que Eli me había preguntado la noche anterior que llevaría puesto yo cuando fuese a acompañarla al aeropuerto, y yo sin prisa contesté que tal vez lo de siempre: algo rosa y muchas flores.

- “Quería un recuerdo de lo iguales que tu y yo éramos, por si las cosas cambiaban” – me confesó ella ayer por teléfono, algún día te muestro la foto que nos tomó mi tía.


LYZ M. LASCKAR