
- ¡Me lei un comic senscional esta semana! - afirmó un viejo amigo mio.
Recuerdo mirarle algo incredula mientras el emocionado no paraba de hablar de viñetas de fondos y formas, que para mí no tenían mucho sentido en aquel momento, pues me era imposible concebir que un "librito lleno de dibujos" fuese mejor que una obra literaria tradicional.Sin embargo me decidí a ojear aquel maravilloso trabajo del que mi amigo hablaba, pensando, que una vez lo leyera ratificaría que eso era cosa de niños y frikis.
Tomar por primera vez una historieta, leerla, intentar comprender su secuencia, que significan esas palabras que aparecen de pronto y a las cuales no podría otorgarse un significado literal, se convierte en una aventura digna de recordar. A medida que me adentré en la historia que aquellas hojas me contaban, cargada de elementos iconicos y verbales, se transformó lentamente mi concepción respecto a este medio de comunicación.
Ahora, varios años después, y con miles de historietas leídas, me pregunto: en el mundo actual, ¿Cómo hemos podido dejar de lado una herramienta comunicativa que bien puede sernos útil en nuestra práctica profesional como comunicadores? ¿No es acaso la historieta un medio que comunica? ¿No sirve la historieta como medio pedagógico e informativo? ¿No nos entretienen sus páginas transmitiéndonos mensajes tan variados como la personalidad del hombre?...
Aún respondiendo afirmativamente no solo a estos interrogantes, sino también, a muchos más que podríamos plantear, tenemos que en la época en que el abordaje político-cultural comunicativo nos habla de recibir mensajes y mediarlo a través de nuestra identidad y de las capacidades que adquirimos, seguimos en la oscuridad de ser una masa que no termina a apartarse de los paradigmas tradicionales.
- ¡Exprésate! ¡Comunícate!...- Se escuchan como un eco imperativo y urgente estas palabras.
Ahora, varios años después, y con miles de historietas leídas, me pregunto: en el mundo actual, ¿Cómo hemos podido dejar de lado una herramienta comunicativa que bien puede sernos útil en nuestra práctica profesional como comunicadores? ¿No es acaso la historieta un medio que comunica? ¿No sirve la historieta como medio pedagógico e informativo? ¿No nos entretienen sus páginas transmitiéndonos mensajes tan variados como la personalidad del hombre?...
Aún respondiendo afirmativamente no solo a estos interrogantes, sino también, a muchos más que podríamos plantear, tenemos que en la época en que el abordaje político-cultural comunicativo nos habla de recibir mensajes y mediarlo a través de nuestra identidad y de las capacidades que adquirimos, seguimos en la oscuridad de ser una masa que no termina a apartarse de los paradigmas tradicionales.
- ¡Exprésate! ¡Comunícate!...- Se escuchan como un eco imperativo y urgente estas palabras.
No obstante, esta expresión esta mediada por una serie de elementos que la enriquecen y transforman a través de la capacidad de los sujetos de nos ser entes pasivos, sino, por el contrario: de intervenir en el texto, en la historia, en el devenir de la sociedad, e interpretarlo, reconstruyéndolo a partir de la realidad de su grupo social.
Tal vez ellos no lo sepan a ciencia cierta, pero los jóvenes historietistas hacen parte de esa población que comienza a despertar, y que tiene en sus manos herramientas de cambio poderosas, si saben utilizarse. El simple hecho de saber moldear e interpretar, como si se tratase de lo más común, los lenguajes verbo icónicos y sus infinitos elementos que encierran mensajes, contenidos en una estructura que es casi un misterio para tantos profesionales de la comunicación, aún en esta época; y de poder transmitir de esta misma forma las voces calladas por otros medios.
La historieta les permite adoptar posturas, transformarse a sí mismos y a otros, alcanzar poblaciones juveniles e infantiles que tienden a despreocuparse de los acontecimientos mundiales, tal como la experiencia nos lo presenta, y captar seguidores, que a su vez también podrán ser generadores de cambio; dándole fuerzas a los débiles, armas a los desarmados y ante todo una identidad a quienes parecen cada día confundirse más en la gran masa sin rostro sumergida en eso a lo que llaman globalización.
Lyz M. Lasckar

