En esta ocasión, aunque no hablaré propiamente de la historieta, compartiré con ustedes una reflexión sobre el mal que aqueja por igual a los artistas, ya sean músicos, ilustradores o escritores, por lo menos una vez en suvida: "El sindrome de la hoja en blanco".

Esa noche, ya casi madrugada, me encontraba divagando, como otras tantas veces, con mil ideas en el tintero, pero sin que ninguna ocupara el espacio baldío que me torturaba. Al final me di por vencida y decidí recostarme, para ver si por fin, la musa me visitaba.
Al igual que siempre tarde un rato en dormirme, pero al final, con el despuntar callado de ese negro aterciopelado que antecede el amanecer, caí en un sueño, de esos profundos, donde al parecer somos mas consientes de lo que nunca seremos al despertar.
Caminé entre unos verdes prados que me maravillaron con su suavidad, los árboles, de hojas entre bermellón y doradas, los altos pinos de un verde sin igual, cubriendo con sus sombras el tinte rojo de las flores que por doquier adornaban el paisaje… seguí así extasiada por un rato, tratando de aprisionar con cada respiro aquel lugar. Sentí un ruido, no estoy muy segura que fue, levanté la vista, y le vi… Mi primo de veinticinco años me sonreía, la luz en sus ojos, levantó su mano en un gesto de saludo y viró hacia otro lugar. ¿Pero qué digo?, ¿mi primo?¿el mismo que hacía tres años había muerto ahogado mientras rescataba a dos niños de esos que muchos llaman gamines, o desechables, y a quien él consideraba una causa por la que luchar en medio de su inmensa bondad. No podía creerlo, quería acercarme y comprobar que lo que mis ojos veían era real.
Miré entonces en la dirección hacia la que él había empezado a caminar, y vi a su madre, mi tía, llorar de felicidad. Ella reía como hace mucho no lo hacía, departiendo con varias personas más, yo no los conocía, nunca antes los había visto, pero sentía que sí. Me fijé entonces en la arquitectura de la casa tras de ellos, una típica casa de campo de dos plantas, con grandes balcones y tejas rojas.
No obstante, mi incertidumbre crecía, y de repente un cambio del clima nos obligó a entrar a la casa. Para mi sorpresa, la puerta principal daba directo a la cocina y luego a una antesala en la cual se ubicaban las escaleras. Yo me asomé angustiada por la ventana, escuchaba con claridad el ruido de aviones y helicópteros despegando, y al instante noté unas edificaciones blancas diagonales, aunque algo distantes de donde entraban y salían personas con gran rapidez, que no se por qué me remitieron a la vieja base militar en la que trabajaba mi padre cuando era niña…
Desperté ya de mañana, me sentía cansada e incluso algo angustiada, pero al mismo tiempo feliz de haber visto por lo menos una vez más, la sonrisa de aquellos seres queridos marcados por el dolor. Con eso, me convencí de que seguro que nos esperaba a todos un lugar mejor. No le di más importancia al asunto, salvo por comentar mi “sueño” a un par de amigos de confianza, con los que frecuentemente discutía de esos fenómenos inexplicables ante la lógica racional tradicional.
continua en “MAS ALLA DEL SINDROME DE LA HOJA EN BLANCO” 2da parte
LYZ M. LASCKAR
Pues este sueño está perfecto para una historieta! Y con respecto al mal que acosa a los artistas, musicos y escritores, pues creo que no solo es una vez al año...
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