- ¡No otra vez!...
Desde hacía tres años me encontraba condenada a soportar los interminables casos de “urgencias” que todas las noches y hasta entrada la mañana, se presentaban durante mi guardia, en ese antro de mala muerte, situado en medio de la nada.
- ¡Ayúdenme! – gimió el hombre viejo a mi lado mientras se dejaba deslizar lentamente, recostado en la pared hasta caer al suelo, dejando un rastro de sangre, como única prueba de que una vez estuvo allí – Lo esquive a tiempo; ya no había nada que hacer por ese viejo - pensé cerrando los ojos un segundo mientras continuaba mi camino… (RPL)
Desde muy temprana edad, por no decir que desde antes de ser concebidos, la mayoría de padres sueñan con ver a sus hijos convertidos en profesionales de éxito, la mayoría de las veces esa fantasía hace referencia a la bata blanca del médico, o, al portafolio del abogado condenando criminales en un juzgado. No obstante, a medida que crecemos, nos perfilamos hacia diferentes oficios, algunos logramos la meta, otros tantos, por diversas circunstancias, se quedan en el camino, sino lo extravían.
Hay cientos de historietas, libros y films que no hacen más que tratar de enseñarnos algunos de esos cientos de casos en los cuales tratamos de encontrar una vez más el sentido de nuestra existencia, una existencia que si bien es cierto debería valer por el simple hecho de que como seres humanos deberíamos ser respetados y tenidos en cuenta, va muy alejada de esto, mediada por miles de factores sociales, psicológico, económicos, entre otros, que nos hacen sentir que nuestro rumbo está perdido, y que nos lleva en muchas ocasiones a sentir que somos tan poco, que ni siquiera merecemos vivir.
La experiencia, que unos pocos privilegiados tenemos el honor de vivir, de ingresar a una institución de educación superior como lo es una Universidad, es una etapa que debe aportar grandes enseñanzas y un enriquecimiento personal, intelectual y cultural inmenso, sin embargo, también es fuente de excesos y paradigmas que pueden cambiar nuestra vida de forma drástica.
- ¡Hombres jugando a hacer el trabajo de Dios!- decía una señora, diabética, a quien atendí cuando realizaba mi tesis - ¡Se siente bien que a uno lo llamen por el nombre y lo miren a los ojos!- agradecía lo que mi grupo de trabajo y yo hacíamos.
Casos como este se ven a diario reflejando una realidad tan cotidiana que debería preocupar. En la actualidad, debido a los sistemas y leyes que han convertido la salud en un negocio, el personal de esta área tiene como prioridad el cumplir un horario que no da espacio a escuchar a la persona y verla como un ser de carne y hueso, sino que se limitan a contemplar el numero de una historia clínica a la cual ni siquiera miran a los ojos mientras atienden, y que tiene derecho solo a enfermarse de algunas cosas que aparecen en una lista como permitidas por el presupuesto, esto sin contar que los exámenes diagnósticos complementarios y los medicamentos y terapias, son obviados por lo general para evitar una reprensión por los administrativos, y por esto en muchos casos el paciente no se diagnostica a tiempo para salvar su vida o las posibles complicaciones.
Pero, lo peor no es la frialdad y limitantes del médico, cuando pertenecemos a una facultad de cualquier ciencia de la salud, llámese odontología, medicina, bacteriología, enfermería,… El joven estudiante puede que por lo general, entre con la intención de salvar al mundo, pero en su mayoría la creencia de que su excelencia académica los hace superiores a los estudiantes de otras áreas, que su carrera es la más complicada y extensa, que lo que dicen es ley y no hay contradicción desde ningún punto, hace que cuando llegan a la práctica médica casi todos se hayan deshumanizado, a tal punto, que parecen necesitar siempre de dos lugares, uno para ellos y otros para su ego.
En las clínicas, en especial las públicas, los pacientes sucios, con hambre y sin ser atendidos, entre otras quejas, claman que se les dé un buen trato; a los niños, y en especial a los adultos mayores ya no les duele lo que ellos sienten, sino lo que el médico dice, hay horas para enfermarse, no hay derecho a tener miedo de quedarse solo en la clínica, porque no hay espacio para compañías, y si se le ocurre despertar con un malestar a la enfermera de turno, más vale que sea de muerte o es posible que el reclamo y la reprimenda sea tan grande y excesiva que el paciente decide aguantar el dolor antes de tener que escucharla.
En el caso de nosotros los bacteriólogos, es común, que los pacientes teman a las agujas, pero eso parece no importar, después de revisar los papeles que autorizan las muestras, halamos el brazo, lo limpiamos, colocamos el torniquete, y clavamos la aguja, sin importar nada, y si se perdió la vena, la buscamos moviendo la aguja de un lado a otro como si la persona frente a nosotros no sintiera. Finalmente, el paciente aun agradecido dice sonriendo “gracias”, y se le contesta con un: “No se le olvide venir por los resultados a x hora, después no se le pueden entregar”. Parece que hemos olvidado que el quehacer y fin de nuestra profesión es tratar, aliviar y curar al ser humano.
Aún más preocupante es que esta plaga de la deshumanización se ha extendido a todas las carreras, preferimos tratar con números, hechos o maquinas, y dejamos a las personas de lado, como si fuesen lo menos importante. “El numero x”- llama la recepcionista a quien espera en una fila, “el estudiante y”, llama el profesor al tablero utilizando el número de lista y no el nombre…
Es complicado comprender hasta qué punto las actitudes y comportamientos de las personas son correctas o no, y por tanto que juicios deben ser promulgados y de qué forma. El comunicador social, como instrumento de la sociedad debe intuir desde su ética profesional la manera precisa de informar, y cumplir en general su labor, sin que esto afecte o viole los derechos de las personas.
Escalar posiciones es una tentadora oferta que se nos muestra desde muy temprano ofreciéndonos el reconocimiento anhelado, un futuro promisorio y un éxito rotundo, sin embargo, hay dos formas de hacerlo, por una parte podemos esmerarnos y hacer lo mejor posible, compitiendo sanamente, estudiando, buscando la noticia en el lugar de los hechos, cumpliendo nuestra labor social humanizando lo que informamos, que casi siempre son cosas relacionadas con las personas a quienes ha afectado; por otra parte, podríamos sobornar a quienes tienen el poder, plagiar notas, caer en el sensacionalismo e incluso en el amarillismo, y hasta vender nuestra conciencia. No es raro que escuchemos a un periodista exaltar las lagrimas de una madre desolada por la muerte de un hijo, más que para que se conozca su tragedia, exhibiéndola como trofeo porque se ha conseguido una primicia; organizar cacerías de brujas creando gran revuelo, y en caso de descubrir que se ha errado, disculparse entre dientes y tapizar las cosas para no afectarnos, sin importar a quien hemos perjudicado, ocultar o disfrazar verdades para beneficiar a terceros, y promocionar algo por intereses creados, sin tener en cuenta lo perjudicial que pueda llegar a ser.
La ética, muy ligada desde siempre a la moral, en el comunicador social, debe primar, abanderando cada proyecto en la transparencia de los actos y la conciencia, convirtiéndonos en instrumento transformador y no manipulador, evolucionando, llenando de esperanza y no de lodo nuestras empresas, con la insignia de que tal vez, si fuésemos mas humanos, y más apegados, comenzaría una época en que el ser humano, volvería a ser visto en todas sus dimensiones, y no, exclusivamente, como un anexo a todos los proyectos que se desarrollan; no hay razón de peso suficiente para enseñar y aprender a dejar nuestros sentimientos guardados en un cajón al salir de casa en la mañana, ni convertir el corazón en un iceberg que no se calienta ante el roce de una mano, tal vez esto complique delimitar el lugar del cual no podemos pasar para tratar de ser lo más objetivos posible, pero aun cuando tratamos de no sentir, ya estamos siendo subjetivos.
Es cierto que esto no se aplica a todos los casos, hay personas extraordinarias en las instituciones que visitamos a diario ofreciendo lo mejor de sí, entregándose de lleno a los otros, pero de vez en cuando hagamos cuenta y preguntemos ¿Cuándo dejé mi humanidad en el cajón del olvido?
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